Hubo un conocido operador político, oriundo de la zona tének del municipio de Ciudad Valles, de nombre Zenón. Después de la primera campaña política en que prestó sus servicios, la raza mahuaquitera, de cariño, le puso el sobrenombre de “Cienón”. Luego, en la siguiente, le cambiaron el mote por el de “Quinientón”, y así sucesivamente en cada elección municipal.
Conocí también a un singular personaje dedicado a tocar música en bodas y bautizos, que un buen día —por mera casualidad del destino— entendió que ese asunto de la operación política le dejaba más dinero y menos esfuerzo, en comparación con la complicada actividad de transportar instrumentos musicales, equipo de sonido y desvelarse hasta muy tarde entreteniendo a los concurrentes.
Un día, en plena etapa electorera, lo encontré cabizbajo en un negocio de café del pueblo. Al saludarlo y preguntarle por qué estaba triste, me dijo, muy decepcionado: “Es porque no habrá, de perdido, unos veinte candidatos”, pues en esa contienda electoral municipal solo había dos. Y como ya le había agarrado el gusto a eso de operarles y recibir beneficios a cambio, calculaba que “con veinte sí me rayo bonito”, me aseguró con un amplio suspiro.
En esa generación de operadores políticos hubo profesores, amas de casa, albañiles, carpinteros, mecánicos, ayudantes generales y hasta ciudadanos sin oficio, que le encontraron el modo a eso de arrimarle votos a los candidatos. Una vez ganados, se convirtieron en flamantes empleados públicos que ocuparon cargos sin saber de qué se trataba, sin experiencia curricular, sin la debida preparación profesional que requiere el servicio público y sin cumplir con ningún requisito, justificando esta condición con el repetido y socorrido eslogan: “Me la merezco”.
En este preciso momento no tendríamos manera de saber el daño social y político que los improvisados del servicio público le han causado a la sociedad, tanto en ineficiencia gubernamental como en aportaciones del erario a sus salarios y prestaciones. Además, muchos de ellos lograron enquistarse como trabajadores sindicalizados de las administraciones municipales, engrosando la carga económica para los ayuntamientos.
Cada tres años los vemos desplegados, en los meses previos a las elecciones, en los pueblos huastecos. Sabemos quiénes son y nos queda claro a qué se dedican; ya son parte del folclor de la polaca. Casi todos ellos se benefician en la época electorera, pero también hay algunos que, al final, no obtienen nada, pues —también hay que decirlo— en este abarrote de la polaca algunos corretean la liebre y otros la agarran.
Al final, los operadores profesionales saben que las caminadas y el pasar hambres promocionando candidatos bien valen un puesto en los ayuntamientos, que les garantice la quincena al menos por tres años, o más si se les ponen de modo, aunque las nóminas ya estén a tope.
Así las cosas.